Mostrando entradas con la etiqueta Nino Rota. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nino Rota. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de octubre de 2013

La Pabostría (relato)



      


          En aquellas tardes, mediado octubre, la puesta de sol ya venía acompañada por la algazara de negros cormoranes, blancas garcetas y las grullas, que sobrevuelan la ciudad, rumbo a lugares más cálidos, como el campo de Extremadura. Y rumbo a algún rincón acogedor también migraba, Roberto García Suñén, cuando se ocultaba el sol a orillas del río y predecía noviembre el primer frío que eriza la piel del caminante desocupado. Normalmente comenzaba con un café, escueto, tímido. La copa seguía al oro negro y era realmente el trago que reconfortaba su espíritu. Roberto se había acostumbrado a salir solo y a beber mucho, mucho más de lo que aconsejaría cualquier médico. Era un hombre cuya historia personal había convertido en lánguido, despreocupado; un estudioso de la Historia, ávido lector y aficionado a la escritura que había dejado de lado el mundo de las letras por, digamos, placeres más mundanos y menos azarosos. Tan solo, de vez en cuando, en sus apáticos paseos recuperaba ese interés por la historia de su ciudad y por todo lo antiguo y solía perderse por el casco viejo recobrando mil y una anécdotas que recordaba de su anterior época como universitario. Entonces, había que imaginar la ciudad como se vería a través de un lienzo antiguo. Envejecida, tenue, como iluminada por lámparas de gas. Fachadas oscuras de caserones sucios, adoquines irregulares por las calles, hogueras en las esquinas que calentaran y protegieran del cierzo helador. Así es como veía él la ciudad. 

              Pero Roberto, con los años de, llamémoslo “inactividad”, había adquirido alguna que otra mala costumbre que preocupaba a su anciana madre, más de lo debido. Y es que el último destino de sus rondas nocturnas siempre era el burdel. De hecho, había fraguado una bonita amistad financiada y sexual con Conchita, una dama de vida alegre que trabajaba en la Calle Refugio, en una casa llamada El fruto del manzano. Conchita era una belleza autóctona, un tanto insólita, roya y de ojos claros. Tan considerable era su amistad con Roberto que este la invitó varias veces a casa de su madre, para cenar, después de haber pasado un buen rato entre las sucias sábanas de aquel cuchitril que no podía llamarse siquiera Club. Para su madre, católica de misa los domingos, confesión y comunión, esto era demasiado. De modo que la buena señora se había entrevistado con el párroco de su diócesis, el padre Enrique, para ver cómo podían ayudar a su chaval de cuarenta años y enseñarle el buen camino de la existencia sin saber que, si realmente Roberto había llegado hasta este punto, era por haber descubierto precisamente lo que era la vida. 

              Padre Enrique, de Medellín, era un alma despreocupada. Así que comenzó a provocar lo que pretendían ser unos encuentros fortuitos. Una charradica aquí, un vinito allá, un paseo hacia la iglesia, “ya que llevamos el mismo camino” El caso es que la insistencia del cura provocó que Roberto cambiara sus rutas habituales y casi de manera involuntaria, evitó que volviera a pisar el burdel, al menos, durante unos días en los que recuperó su hábito anterior de pasear los museos, los barrios antiguos y los Cafés históricos de la ciudad, retazos de lo que fue su vida como estudiante.




           En una de esas tardes tan alargadas que ya la noche enfrentaba la madrugada, al entrar en la plaza de las catedrales Roberto, entre la niebla, sintió una presencia no identificable. Era algo impalpable. Se dejaba advertir pero tampoco se podía afirmar que fuera real. Lo que quiero decir es que podía sentir perfectamente que le estaban observando, sin ver nada, más allá de la niebla. Del mismo modo que Tourneur rodara el primer ataque de la mujer pantera en Cat people, entre las sombras de las callejas antiguas, Roberto era incapaz de discernir unos ojos vigilantes posados sobre su espalda. Sin embargo, estaban ahí. Aligeró sus pasos. Aquellas calles que tanto había estudiado, le refugiarían de cualquier ataque del mismo modo que, allá por 1809, resguardaron a los zaragozanos en los ataques de las tropas napoleónicas. Enfrentaba la calle de la Pabostría, otrora llamada Pabostre, e inmortalizada por Pérez Galdós en su episodio nacional titulado Zaragoza. Aquí, en los famosos Sitios, la ciudad se defendió con tal rebeldía y resistencia que las tropas francesas avanzaban por números de portales, ni tan siquiera por calles. Roberto reparaba en todas estas porciones de la Historia que tanto había estudiado para calmar su desasosiego. Bajo las farolas de la estrecha calle y junto a la tapia que delimita el jardín de la Catedral, Roberto descansó unos segundos apoyado en una de las fachadas de las antiguas casas donde todavía se pueden apreciar los sillares de la muralla romana, reutilizados aquí para levantar nuevos palacetes. “Pabostría” repitió para sus adentros, leyendo la placa que nombraba la calle. Lo hizo como rebuscando en su mente una puerta que se había cerrado y que ahora parecía querer abrirse. Pabostría, praepositus. Era un cargo eclesiástico que administraba los bienes, las rentas y se encargaba de la distribución de las raciones para el clero. También, antiguamente, estaba situado en esa parte de la ciudad el horno que llevaba el mismo nombre, donde se preparaba el pan de la iglesia y las hostias que se repartirían durante los oficios religiosos. Pero no era este punto el destino al que su cerebro quería llegar. Había más. Había una leyenda, una historia que pertenecía al Aragón fantástico, brujo, espiritual. Un mito sobre el alma en pena de un clérigo que vagaba las noches de niebla, atrapando las almas sucias, pecaminosas y arrastrándolas hasta las orillas del Ebro, el río que se encargaba de hacer el resto, hundiéndolas en el fondo de sus profundas aguas oscuras. Pero ahí se detenía su mente. No iba más allá. Y a decir verdad, no era mucho. Además Roberto confiaba en la Historia y nunca se había dejado llevar por cuentos de brujas y aquelarres. Pensando esto, fue el instante en que, de repente y entre el vapor de la noche, advirtió la presencia corpórea de una túnica negra, apenas una silueta, detenida al final de la calle, cercana al ojival Arco del Deán. Tímidamente fue hacia ella, impulsado por el deseo de descubrir quién se ocultaba bajo esa capa. Y en el momento que podía tocarla, alargando un poco el brazo, la sombra atrapó su muñeca, con un rápido movimiento de la mano izquierda y fuertemente, inmovilizó a Roberto. Un farol suspendido en el muro completó la escena. Iluminó completamente la silueta y el rostro del padre Enrique. Roberto no entendía nada. Preguntó entre gritos qué era aquello, por qué ese hombre había seguido sus pasos, de madrugada, hasta aquella calleja y cuál era el propósito de su ataque. Sin mediar palabra, el clérigo sacó con la mano derecha un crucifijo de plata que enfrentó al rostro de Roberto, como si este fuera un vampiro o el mismísimo Satanás. ¡Por la salud de tu madre te ordeno, que no vuelvas a visitar esas casas que ofrecen la carne del pecado a cualquier precio, que no regreses nunca a un burdel! - exclamó el cura-. Y cuando el padre Enrique esperaba la claudicación y el miedo reflejados en los ojos del chico, fueron sus propias pupilas las que reflejaron un pavor gélido, desconocido hasta entonces por el párroco, cuando Roberto sacó de su bolsillo una fotografía de su amiga Conchita encamada con el cura, una sórdida noche de diciembre, después de la misa del gallo. 

           La sombra negra desapareció. Roberto comprobó de esta manera el origen de ciertas fábulas fantásticas como la de Pabostría. Sacudiéndose el frío de la noche, sacó el teléfono de su bolsillo y marcó un número. Conchita, ¿qué tal estás?



- Fotografía 1 de la Calle Pabostría, escogida de Ojo digital
- Fotografía 2 de la Calle Pabostría, donde podemos observar la puerta que fuera la principal de la Seo, allá por el siglo XVI, escogida del blog A la sombra de la sabina
- Fotografía 3, Calle Pabostría y trasera de La Seo, obra de Miguel Sanz 
- Fotografía 4, en propiedad. 
- Fotografía 5, La Seo, escogida de Saucépolis, autor: Fernando Lafuente Ferrer. 

Música: Nino Rota, Amarcord (1973)

Nota: Este relato está vagamente inspirado en un corto titulado La Pabostría, realizado el año en que nací, 1981, por Jesús Ferrer, Juan José Lombarte y Carlos Pomarón. Dejo a continuación el corto: